Decadente, me hallo en una estancia sombría y cerrada como mis puños, con esas figuras negras que rondan trazando mapas en mi mente. Sí, ahí están. Se deslizan y recorren con sus patas cortas mis recuerdos. Algunas tienen nombres que conozco ; escarabajos, hormigas, escolopendras, grillos... todos negros, todos maquiavélicos. Negros, muy negros como la obsidiana, pero sin brillo ya que el brillo simbolizaría una esperanza que es carente en ellos. Mis insectos son obstinados, probablemente a mi imagen. De mi semejanza son pacientes, se deleitan de mi conciencia paliadamente. Sin embargo, los noto ansiosos; mi cabeza, el mundo particular no es ni meramente suficiente para ellos. Rebosan, van creciendo, se alimentan de pensamientos deleznables ,los cuales sólo son fruto de mi sinapsis. Realmente solo ocurre por azar, por azar...
No hay espacio, escapan por mis oídos, por la misma vía por la que accedieron cuando eran ceniza. Me visitaron primeramente de forma melódica, sutilemente, para después engendrarse y dejarme sola, pues en mi cabecita solo estamos mis bichos y yo.
Los siento, atraviesan el tímpano, recorren mi oreja para luego balancearse en mi lóbulo. Se deslizan por mi cuello, ¡ se dirigen hacia el mundo! Ya los contemplo en mi pecho, hacia mis rodillas. Se posan en mis muñecas y tobillos...Algunos han creado unas débiles alas y vuelan a mi alrededor, vislumbrando su pasado aún presente. Luchan por dejarme atrás, aunque es lento su viaje pues sus patas son cortas. Quizás, en realidad tienen alguna nostalgia a su origen, a mí, ya que reposan a mi lado viendo desde fuera algo que ha sido su morada. Creo que me acompañan e incluso permiten que me tumbe con ellos. Mi cuerpo marchito cae sobre el suelo. ''¡ Te estoy sintiendo!'' dicen uno a uno. Les respondo con gratitud solemne, sonriendo levemente.
Llenan la habitación, la desbordan, son impacientes por sentir la realidad que está ahí fuera. Parecen infinitos, no dejan de salir de mi interior. Me cubren formando un manto negro que abriga mi piel desnuda. Están jugando en mis párpados, tropezando en mi ombligo.
Finalmente, con un postrero latido, elevo mi cabeza en el último segundo, buscando la superficie, más arriba, fuera de sus cuerpos y de su olor. Abro mis ojos que tornan a un negro parecido a su color, pero estos sí tienen brillo, cual luna gibosa. Tomo aire por la boca bruscamente , como en un último suspiro, pues mi cuello es mordido por ellos. Mis ojos se cierran y me hundo en un mar negro y profundo , no calmado, lleno de vida y recuerdos, lleno de bichos.
